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La trascendencia del valor frente a la banalidad del mal

La historia de los hermanos Hans y Sophie Scholl ha sido desde el mismo hundimiento del nazismo mucho más que uno de los más conmovedores y brillantes ejemplos de una resistencia al nazismo y en este sentido un acontecimiento cuyo recuerdo ejercía un cierto efecto redentor al demostrar que la sociedad alemana no fue tan homogéneamente fanatizada por la ideología criminal del Tercer Reich. Su existencia conlleva también su peso acusador a un tiempo porque revela que en absoluto era imposible percibir la injusticia, la brutalidad y el crimen que eran esencia y no efecto del régimen nacionalsocialista. Unos jóvenes escolares y estudiantes de Munich, cuya vida transcurre prácticamente entera bajo el nazismo ya que apenas son unos niños cuando Hitler toma el poder en 1933 son capaces de “saber” que el régimen es intrínsecamente perverso, conocer sus crímenes –por supuesto no en toda su extensión que habría de ser inconcebible incluso durante décadas después de salir a la luz- y rebelarse contra él con unos actos de resistencia cuyos efectos adversos para el régimen no guardan relación con el riesgo asumido por quienes los cometían. Todos los miembros de La Rosa Blanca eran conscientes de que aún en 1943, cuando después de Stalingrado, se puede dar la guerra por perdida, la inmensa mayoría de la sociedad alemana sigue fiel a Hitler ya sea por indoctrinamiento o miedo. Y todos sabían que actos de resistencia como los suyos se pagaban con la muerte.

Cuando los miembros de la Rosa Blanca son detenidos ya están en marcha diversas conspiraciones en contra del régimen nazi desde el seno del mismo y por parte de oficiales del ejército y miembros de la aristocracia. Pero son operaciones, una de las cuales culminará después con el atentado fallido a Hitler del 20 de julio de 1944, inspiradas en el interés político y el sentido del deber de servidores del estado que consideran su deber acabar con aquel régimen porque habían fracasado. Nunca estas elites de la sociedad alemana se habían planteado la rebelión antes por motivos morales o repugnancia básica al mal que el nazismo encarnaba. En la película de los últimos días de Sophie Scholl están muy bien reflejadas las posiciones en conflicto al margen de los grandes fanatismos y se revela esa tragedia abismal del ciudadano funcionario, en este caso el interrogador de Sophie, Robert Mohr, que se entiende a sí mismo como un engranaje de un aparato que no cuestiona y al que obedece sin objetar a su profunda y esencial maldad. Mohr, como tantos miles de altos responsables del nazismo y como los millones de alemanes que lo apoyaron e hicieron posible sus crímenes únicos y especialmente el Holocausto, no eran individuos especialmente perversos ni crueles sino personas “de orden” en las que la capacidad de compasión y luto, como la del acto supremo de identidad individual de la objeción, de la resistencia al mal por deber con uno mismo, por conciencia, había sido extirpada o anestesiada, con indoctrinamiento, ideología, odio y miedo. El debate entre la joven que logra vencer a todas estas fuerzas y salvar la llama de la humanidad en sí misma y el ciudadano sicario que, desde la inteligencia, alcanza a percibir el heroísmo de la joven que enviará al cadalso, pero está adscrito a la supervivencia es el gran drama de la historia alemana del siglo XX y la lección perenne para todo el mundo de la culpa, el compromiso personal, la cobardía y quizás como fenómeno más triste y perverso, la indiferencia ante el dolor y el crimen, fenómeno que hundió en la tragedia moral a Alemania. En ese panorama desolador, los ejemplos de humanidad como el de Sophie Scholl, su hermano y amigos, son ni más ni menos que un rayo de esperanza.

Hermann Tertsch Valle Lersundi

 

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