Flores de otro mundo

Flores de otro mundo, una película próxima al documental

El tema de la “caravana de mujeres”, que tuvo cierta vigencia hace años, y que era una manera pintoresca de intentar paliar la soledad masculina al quedar los pueblos desiertos de mujeres jóvenes, viene a ser un pretexto para hablar de relaciones amorosas entre mujeres extranjeras y hombres autóctonos en un pueblo español típico.

Se trata de tres parejas de diferentes edades e intereses cuya dinámica va a depender de sus vidas previas y de la presión social que ejercerá el ambiente sobre cada uno de ellos llegando a ser agobiante pero también protector.

Aunque los personajes y los diálogos son ficciones, la película es una aportación próxima al documental de las relaciones con inmigrantes, con un tratamiento alejado del maniqueísmo.

El pueblo como metáfora

La directora de la película nos muestra desde el principio las características del lugar: su fealdad, el “atraso” de sus habitantes, sus hábitos no muy deseables, “son sucios y tacaños” dice de ellos una mujer dominicana.

Lejos de ser un pueblo pintoresco o responder a los estereotipos de los anuncios televisivos, visto desde las recién llegadas, no es mejor de lo que ellas han dejado en su país. Es un lugar desculturizado y muerto, tan muerto, dice otra mujer, como el pueblo abandonado que queda cerca.

El pueblo tiene dos espacios diferenciados: el propiamente interior y el exterior que representa la carretera. En ella puedes tener una cita sin que te vigilen o te puedes ir sin ser sorprendido.

Hay también una correspondencia con los espacios de la subjetividad: el de lo convencional y reprimido y el de lo que genera más sensación de libertad.
A lo largo de la película irá apareciendo más belleza y calidez en este lugar donde, dice un paisano, “como todos me conocen soy alguien y me encuentro protegido”.

Las parejas Alfonso y Marirosi, españoles de buena posición económica, de edad madura, han tenido una especie de flechazo y de atracción sexual que no impide su progresivo distanciamiento. A ella, bilbaína, le agobiaría vivir en el pueblo, mientras él no quiere volver a la ciudad y a pesar del desgarramiento ninguno cede.

Damián, un hombre tímido pero respetuoso y trabajador, se encuentra casi casualmente con Patricia. Desde el principio ella le dice que su interés por el matrimonio está en función de sus hijos a los que quiere traer desde Santo Domingo.

Pero oculta su apego patológico a un dominicano que no renuncia a utilizarla y cuyo machismo la mantiene sometida. Aunque la relación con Damián es satisfactoria surge el conflicto cuando ella intenta confesarle su anterior relación: Damián se siente engañado y están a punto de romper. Cuando ella está yéndose, todo ya cargado en el coche, y tras gestos en ambos de pena (y amor) él irá bajando las maletas sin decir nada en una escena de gran expresividad. La madre de Damián es la típica suegra-bruja que no está dispuesta a perder a su hijo y que racionaliza su rechazo por el intento de la dominicana de quitarle el dinero. Hay una escalada de abuso de poder y mal trato que desaparece cuando el hijo es capaz de ponerle límites.

En la tercera pareja es la cosificación mutua y la falta de respeto lo que la define. Carmelo se trae a Milady de Cuba con quien antes tuvo relaciones sexuales y ante quien se mostró como un rico que la llevaba a los mejores sitios. Es una relación hombre mayor-jovencita, en la que él la trata como a un objeto, sin tener en cuenta los deseos de ella.

Por su parte, Milady es una chica cabeza loca a quien le interesa idealizarlo todo para sacar beneficio. Para ella Damián es como un papá incestuoso hasta que en un ataque de celos el le da una paliza. Mientras ella huye por la carretera a él se le ve más solo aún que antes.

Un punto interesante es la presencia de chico joven del pueblo y su relación de “igual” con Milady: la identidad generacional hace que los dos se entiendan aunque no pueda desarrollarse una relación de amistad entre ellos.

Pilar de Miguel

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