Carreteras secundarias: la dificultad de crecer

El padre: un pícaro, un estafador de poca monta, intentando vivir del cuento mientras espera que le toque la quiniela que nunca toca. El hijo: un adolescente solitario y triste, obligado a vivir en mil lugares y no arraigar en ninguno, al hilo de las consecuencias de los chanchullos del padre. Y una madre fallecida, cuya ausencia se nota demasiado.

Ambos viajan por las carreteras secundarias de la España de 1974, uno huyendo de quién fue
y del dolor, y el otro, el muchacho, intentando construir su identidad sin raíces y sin resultar muy dañado en el intento.

La película está llena de carreteras, lógico si tienes unos protagonistas cuya única propiedad es un coche, el que les permite huir cuando las cosas se ponen feas y encontrar otro lugar para unos cuantos meses, mientras el nuevo negocio de turno funcione.

Y esas carreteras son físicas, al fin y al cabo estamos en una road movie, pero también simbólicas, precisamente porque, al fin y al cabo, estamos en una road movie, y ya se sabe que en el género el viaje es real y metafórico.

Esas curvas, el camino sinuoso, no son solo el reflejo de sus vidas errantes, sino también de su propia relación, compleja e incómoda, hecha de vueltas y revueltas, de complicidad y secretos, de renuncias, de incertidumbre e incomprensión.

Para el padre, un irresponsable más adolescente que su hijo, el viaje supondrá la aceptación del fracaso. Para el chico, el viaje, iniciático por supuesto, como toda película de viajes que se precie, será el de conocer a su padre, un hombre que no le gusta, porque a veces pasa que no te gusta tu padre y eso no tiene nada que ver con el amor.

Lo conseguirá solo cuando se separe de él, cuando tenga distancia y no se vea arrastrado por las decisiones paternas. También cuando conozca sus raíces y con ello otro tipo de familia, más ortodoxa, de esas de manual, de las que se supone que garantizan un crecimiento seguro y equilibrado, con todos sus miembros cumpliendo el papel que les toca sin salirse un milímetro. Y ahí se dará cuenta de que todos viven de las apariencias, no solo su padre.

Es más. Descubrirá que, en realidad, las máscaras del padre (que si representante de artistas, que si gran comerciante, que si hombre de mundo) son mucho más inofensivas, en el fondo una huida necesaria y un intento honrado de encontrar su lugar bajo el sol. Aunque para ello haya que vivir sin red.

Áurea Ortiz Villeta (Universitat de València

 

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