El cine y la escuela

Mire a su alrededor. Busque las imágenes que le rodean. Hay muchas ¿verdad? Más incluso de las que suponía. Están en la tele, en el ordenador, en el móvil, en la valla publicitaria, en los autobuses, en las marquesinas, por la calle, en los centros comerciales. Por todas partes. Y ahora piense: ¿sabe cómo se llama ese movimiento de cámara que produce un efecto tan logrado de nostalgia? ¿Se ha fijado en el modo en que el montaje se acelera hasta producir esa sensación de vértigo? ¿Se ha dado cuenta de la cantidad de planos que hay en ese anuncio tan chulo que le ha movido a comprar esa marca?

Sí, ya, usted es consumidor y se limita a eso, a consumir imágenes, así que no tiene porqué saber esas cosas ni fijarse en ellas. Pero es que esas imágenes están construidas. Básicamente por grandes empresas de comunicación que lanzan mensajes, historias y argumentos en forma de relatos, generalmente protagonizados por varones blancos occidentales a los que les suceden cosas más o menos inverosímiles que irán resolviendo hasta conseguir el éxito en su misión. Y esto, por mucha apariencia de entretenimiento y acción que tenga, es un discurso, una forma de concebir el mundo, y seguramente no la mejor. Y es la construcción narrativa y formal la que produce en usted y en mí, en todos nosotros, el efecto deseado por sus productores.

Piense en la cantidad de productos audiovisuales que consume un niño hoy en día, desde muy pequeño. El modo en que se asoma al mundo a través de dibujos animados, películas, series de televisión o videojuegos. Y ahora piense en la escasísima educación en imagen que ese niño recibe en la escuela.

Veamos. En el colegio se enseña a leer un poema, qué es una sinalefa, en qué consiste una metáfora o un endecasílabo. Pero no se enseña qué es un travelling, en qué consiste el montaje, qué es un contraplano, quién es Fellini o Hitchcock, a pesar de que la niña o el adolescente consumirán infinitamente más video clips y películas que poemas (y con esto no sugiero que desaparezca el estudio de la poesía, ni mucho menos).

Puede que nuestra niña tenga suerte y encuentra algún docente muy interesado, y muy abnegado (que los hay, afortunadamente para todos, luchando contra la escasez de medios y la ausencia de la materia en los programas oficiales), que le ofrezca este saber. O a lo mejor puede que tenga una madre o un padre cinéfilos que la ayuden a apreciar las películas que no forman parte del circuito comercial.

Si no es así, llegará a adulta habiendo consumido una infinidad de productos audiovisuales de los que no
tendrá  ni idea de cómo se fabrican ni de cual es su historia o su genealogía. Tampoco se planteará que existen otras formas de narrar y de construir relatos audiovisuales. O, cuando los descubra, probablemente los rechazará, porque se salen de la lógica de la narrativa audiovisual que conoce, la de Hollywood y el cine y la televisión comercial.

El cine es memoria y documento, expresión artística y medio de comunicación, entre muchas otras cosas. Desde que nació a finales del XIX, no se puede concebir el mundo sin su presencia y es parte esencial de nuestra cultura y nuestra vivencia. Va mucho más allá del entretenimiento y la industria del ocio. Es una parte de un camino, la que nos ha tocado a nosotros, que se inició hace miles de años cuando nuestros antepasados pintaron en una pared de piedra un símbolo o un animal y dio comienzo una fascinante y misteriosa historia, la de la necesidad irrefrenable de construir imágenes para explicarnos o entendernos o comprender el mundo o vaya usted a saber para qué.

Si queremos entender quienes somos, como es nuestra sociedad, cuales son nuestros miedos y nuestros deseos, es indispensable analizar las imágenes que generamos, porque ahí está contada esa historia. Y de ningún modo podemos despreciar el papel crucial que juegan los medios de comunicación de masas en nuestra sociedad de consumo. Porque entonces estamos perdidos, ya que somos básicamente consumidores y una parte esencial de ese consumo lo constituyen las imágenes. Imágenes procedentes en su mayoría de un único lugar en el mundo, Hollywood.

Si nos consideramos algo más que consumidores, es decir, si nos consideramos también ciudadanía y sujetos activos, será necesario que seamos conscientes de qué estamos mirando y a qué prestamos nuestra atención. Porque los medios construyen la realidad, crean opinión y determinan lo que interesa y lo que no. Cualquier reflexión en torno a nuestro mundo no estará completa jamás sin el análisis del papel que juegan los medios de comunicación en la construcción de la realidad.

Y para ello es absolutamente necesario que el cine y su historia y, en general, el lenguaje audiovisual sean parte fundamental del sistema educativo, y que en él se ofrezca algo más que el cine comercial que domina todas las pantallas.

Áurea Ortiz Villeta (Universitat de València)

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