Escuchar entre el ruido

Carla (Emmanuelle Devos) es una joven oficinista que soporta con amargura su destino físico: tiene una minusvalía auditiva y un físico nada agradable.

Estas incapacidades de oír y ser atractiva, ante la mirada y las voces de los otros, la llevan a tener una percepción muy sensible de su entorno.

La escasa audición ha desarrollado en ella una mirada aguda y penetrante de su alrededor y especialmente trata de compensar su vulnerabilidad, replegándose en una cápsula protectora, y leyendo las conversaciones de la gente que la rodea.

La vida no parece pertenecerle sino como una “espectadora pasiva” de las hazañas eróticas de su amiga o las competencias desleales de sus compañeros de trabajo.

Su presencia claramente (valga la paradoja) es opaca, gris, sin una marca que la signifique como alguien diferente entre el “rebaño” de compañeros.

No es extraño entonces que sea víctima de la humillación de algunos colegas quienes parecen depositar en ella el chivo expiatorio de las descalificaciones humanas.

Un trabajo que le pertenecía es “hurtado” por un compañero, su escritorio es el lugar donde le dejan sin ningún respeto los restos (del café), como si se tratara de un lugar de deshecho e inservible.

La manera que tiene Carla de protegerse de esas agresiones es desconectar su audífono, y encerrarse en su cueva/casa protectora, adonde puede dar libertad a sus expresiones de violencia contenida o sus fantasías íntimas.

Su jefe, tratando de comprender su situación, le autoriza a buscar alguien que le ayude, y ella aprovechará esta posibilidad para solicitar además de la capacidad laboral, que sea hombre, joven y atractivo…

El nuevo “ayudante”: Paul (Vincent Cassel) que llega le dice reunir estas condiciones (que no son ciertas) pero además le confesará que es un ex–presidiario, y que cumple libertad condicional.

Este encuentro entre estos seres humanos con sus soledades, marginalidades, y minusvalías es el eje de esta interesante película policial, donde afortunadamente no hay maniqueísmos de bondad y maldad.

Quizás su acierto mayor es servirse de esta historia de gángsters perseguidos y otros delincuentes “socialmente aceptados”, para ahondar en las dificultades afectivas, prejuicios sociales, y locuras privadas de un grupo de seres humanos que son a pesar de su marginalidad, vecinos de
nuestra vida.

Carla y Paul se apoyan, se necesitan, pero con sus desconfianzas y miedos de animales heridos. Cada uno utiliza del otro su instinto para sobrevivir.

Carla presta su lectura atenta y sutil a lo que los otros (rivales de Paul) dicen con sus labios y atraviesa el mundo privado de los demás. Barrera que nos está vedada a los supuestos normales auditivos.

Paul presta su audacia, su erotismo, su tolerancia al dolor, y reivindica, aun trasgrediendo lo legal, el derecho a tener una vida mas digna y no ser meros espectadores de la felicidad ajena.

Digo “prestan y no dan”, ya que solo a través de una experiencia límite, les permitirá que la entrega sea sincera. La mirada en estos seres carenciados afectivamente, los reasegura en su lugar y paulatinamente pierden el temor a la traición del otro y a ser víctimas de un sometimiento autoritario.

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