Génesis de “Oriente es Oriente”

Escribí mi primer boceto de mi obra teatral biográfica Oriente es Oriente hace quince años, cuando estaba en la escuela de arte dramático. Empecé a escribirlo por varios motivos, el principal siendo que acababan de diagnosticarle a mi madre la enfermedad de Alzheimer, y de pronto, mientras la enfermedad iba avanzando, me daba la sensación de que pedazos enteros de mi vida empezaban a desaparecer con su memoria. Al mismo tiempo, el barrio en el que crecí en Salford, un suburbio de Manchester, estaba siendo demolido y la comunidad entera a punto de romperse. Quería atrapar el espíritu de la zona y las personas con las que había crecido; descubrir cómo ese mundo había influido en la manera que tuvieron mi padre y mi madre de educarnos. Otra consideración importante, especialmente para mí en ese momento, era que quería crear un papel adecuado para mí mismo. Estaba harto de ver como repartían roles mierdosos y estereotipados a actores de origen asiático: o te encargabas del badulaque de la esquina o eras una víctima más de unos cabezas rapadas. No tenía ni idea de que, al dejar la escuela de teatro, de repente se me pondría un sello invisible en la frente que decía ¡ACTOR DE COLOR! Así que mientras que la mayor parte de mis compañeros actuaban en teatros provincianos, yo tenía la desventaja extra de intentar encontrar una compañía dispuesta a emplear a actores de distintas razas -¡no trabajé durante todo un año! Estos fueron los motivos por los cuales me centré y empecé a escribir Oriente es Oriente. Siempre que no estaba empleado como actor, sacaba el guión y trabajaba en él un poco más. Creo que debió de haber unos seis bocetos de la obra a lo largo de los años, e incluso un intento de guión cinematográfico que fue el boceto que transformé en la obra teatral definitiva para la producción realizada en 1996 para el Tamasha/Royal Court.

Ya desde un principio, era importante para mí que no fuera tan sólo la historia de un hijo, si no la historia de toda una familia, y no simplemente una excusa para echarle en cara a mi padre su feroz educación Paki (aunque esto hubiera sido muy fácil de hacer, ya que hubo momentos en que se comportó como un monstruo). Pero cuanto más analizaba a mis padres y la relación que mantuvieron, sobre todo teniendo en cuenta los tiempos en los que vivieron, más les admiro por su valor. No eran tiempos de matrimonios multirraciales, que apenas se aceptaban en los salones de clase media londinenses. En cualquier otro lugar del Reino Unido se habría considerado como una prostituta a una mujer blanca acompañada por un hombre negro. Debió ser muy duro para ellos, debieron enfrentarse a mucho odio e hipocresía. Pero de lo que me di cuenta cuando pude mirarles con la madurez de un adulto fue de que esta situación había creado una relación tremendamente fuerte entre ellos.

Entonces, ¿por qué este hombre que ya tenía esposa y dos hijas en Pakistán, que vino aquí a principios de 1930, que se casó con una mujer inglesa con la que tuvo diez hijos a los que permitió celebrar Navidad y Semana Santa, por qué decidió que estos hijos sólo podrían casarse con pakistaníes? Nunca le llegamos a preguntar acerca de esta actitud hipócrita, le teníamos demasiado miedo. Nunca le hacías preguntas sobre nada, hacías lo que él te mandaba. Me acuerdo de él cuando yo era pequeño, jugando con nosotros, pero eso cambió cuando cumplías diez años. Eras su hijo y le obedecías, de pronto perdías toda libertad a la hora de tomar decisiones importantes en tu vida. Su relación con mi madre cambiaba dependiendo del tipo de problema que tenía con cualquiera de sus hijos y como éramos diez siempre había problemas con alguno de nosotros. Ella parecía encontrarse siempre entre los dos bandos, su lealtad dividida entre su marido y sus hijos. Siempre trataba de tomar partido por nosotros cuando podía, pero a sabiendas de que tendría que soportar la furia de su marido y acabar perdiendo a otro hijo más, desterrado de la casa paterna por no entrar en vereda. Entonces tendría lugar una pequeña separación, con mi padre viviendo en nuestra tienda de “fish and chips” y nosotros en la casa del otro lado de la calle. No estaría completamente aislado: seguíamos yendo a por pescado con patatas sabiendo que unas semanas después se sentiría arrepentido y aliviaría su sentimiento de culpabilidad dándonos dinero – que nosotros cogíamos de buen grado. Sabíamos que había vuelto cuando pasaba por casa con un pollo asado o un gran bote de curry, y todo volvería a empezar de cero hasta que el siguiente hijo decidía que merecía tener vida propia.

Cuanto más analizaba la vida que llevábamos, más me preguntaba por los motivos de mi padre. ¿Por qué insistía tanto en apagar cualquier chispa de independencia que viera en sus hijos? Creo que gran parte de su problema era que se avergonzaba algo de nosotros cuando estaba con su familia, que había venido a vivir aquí. Quizá fuera un sentimiento de culpa y de vergüenza al darse cuenta de que había dejado a su primera esposa y a sus hijas a cambio de esto. Me temo que nunca llegamos a alcanzar sus expectativas y éramos una decepción constante. Debió de sentirse extremadamente aislado y le hubiera gustado vivir en una gran comunidad pakistaní, como la de Bradford, una ciudad en el nordeste de Inglaterra. Pero ese era un tema en el que mi madre era tajante: nos quedábamos en Manchester.

Ese era más o menos el resumen de nuestra vida como pakistaníes: viajes a Bradford los primeros domingos de mes para visitar a familiares, entrando y saliendo de sus casas, comiendo curry, yendo a más casas y comiendo aún más curry. Nos daban propina y mi padre nos obligaba a devolverla – lo cual hacíamos a regañadientes. Nunca nos permitió aceptarlo. Los familiares de mi padre acababan de llegar y no tenían dinero para repartir (o eso decía él), así que como cabeza de familia en Inglaterra pensó que debía ser él quien repartiera propinas a diestro y siniestro – lo cual no gustaba mucho a mi madre. A la vez que el dinero que él había rechazado en nuestro nombre volvía a los bolsillos de los propietarios, él comenzaba a repartir billetes a los hijos de éstos, que no lo rechazaban. Afortunadamente conseguíamos convencerles para que nos lo dieran: su desconocimiento del inglés y las matemáticas fueron una bendición para nuestras huchas. No podíamos comunicarnos con ellos ni ellos con nosotros, aunque nunca nos llegó a importar ya que aceptábamos mútuamente nuestra ignorancia.

El plato fuerte de estas visitas era la excursión al cine de mi primo. Se vestía y parecía un actor de cine con el pelo perfectamente engominado y un traje hecho a medida que tenía un brillo en el que podías ver tu propia cara. Además de esto tenía una personalidad encantadora y mucho dinero, que aumentaba una vez más el contenido de nuestras huchas. Incluso nos daba libertad absoluta para coger lo que quisiéramos de “Kiosk”, su puesto de chucherías. Nos llenábamos los bolsillos antes de que mi madre entrara dispuesta a darnos un azote. Luego entrábamos en el cine. Teníamos las mejores butacas y nos ofrecía cualquier película hecha en Bombay que quisiésemos ver. Luego volvíamos a Manchester con la típica parada para que mi hermano pudiera vomitar en la cuneta del Snake Pass: pollo al curry, kebabs y chocolate que nunca llegaban a mezclarse.

Esta era nuestra vida como pakistaníes; así era como funcionaba fuera de Manchester. Una vida que ninguno de mis amigos conocía o podía llegar a entender. Creo que a través de la película pude acercarme todo lo posible a entender los motivos por los cuales mi padre intentó educarnos así.

Puede incluso que le haya hecho demasiado elocuente en sus razonamientos, pero lo único que no quería hacer era quedarme corto: el personaje era demasiado importante. Estoy seguro de que algunos pakistaníes considerarán este personaje ofensivo, pero es un retrato bastante fiel de este hombre y de los tiempos en los que vivimos. No es el pakistaní típico, es mi padre y esas fueron las decisiones acertadas o equivocadas que tomó. Por otro lado quizá fuera un auténtico cabrón y le he justificado demasiado: es el espectador quien debe juzgar.

El primer borrador de la obra fue el más complicado, quizá porque estaba viendo aspectos de mi vida que ni siquiera había analizado antes. El problema principal después de haber escrito el primer borrador era hacerlo menos personal y, por tanto, más asequible a los espectadores. Me di cuenta de que era capaz de hacer esto viéndolo desde fuera y analizando los temas y hacia donde iba la narración. Esto es básicamente lo que hice cuando adapté la obra teatral al guión cinematográfico. Otro problema con el que me tuve que enfrentar fue la eliminación de parte del diálogo. A ningún escritor le gusta hacer esto, sobre todo cuando se ha llevado a cabo en el teatro. Pero esto no era el teatro. Fue un momento de incertidumbre. Al final pensé “¡qué le den!”, y tiré la obra a la basura. Tenía que empezar a ver la obra en imágenes. Fue entonces cuando revivió como una nueva bestia: fue realmente liberador. Los parámetros habían cambiado y me di cuenta de que podía dejar volar mi imaginación y poner en el guión de cine todas las historias que había querido poner en la obra teatral. Podría mostrar con más detalle ese mundo excéntrico y extraño en el que vivía esta familia.
Una vez tomada esta decisión, las palabras y las imágenes salían a borbotones y fue entonces cuando pude recurrir a la obra de teatro y saquear sus diálogos. También había que tener en cuenta las ideas del director y del productor. Con algunas estaba de acuerdo, con otras no. Algunas escenas y personajes que me apasionaban se quedaron por el camino pero no creo que su pérdida haya sido en detrimento de la película en absoluto. Todos los argumentos en la obra y en la película son míos, revisados durante el periodo de tiempo entre el primer borrador de la obra teatral y la última puntada del guión cinematográfico. Esta es la parte en la que ningún comité, no importa lo bien intencionados que sean sus motivos, puede modificar. Ésta tenía que ser mi decisión como escritor de color, escribiendo sobre hechos profundamente personales. Afortunadamente tenía un director y un productor que creían profundamente en el guión. Sí, hubo tensión, pero una tensión creativa, una tensión positiva. Mentiría si dijera que sabíamos esto en ese momento, pero echando la vista atrás puedo verlo, especialmente cuando recuerdo lo que se me ocurría tras haber soportado un poco de esa tensión creativa. Nunca me arrepentiré de la noche en la que mi mujer Buki vio el corto premiado de Damien O´Donnell Thirty-Five Aside y me lo recomendó. Cuando lo vi supe que era perfecto para Oriente es Oriente. Su visualidad para la comedia y mi guión casaron perfectamente y ha hecho un trabajo brillante captando todo lo que escribí y añadiéndole su propio estilo fílmico.

El proyecto Mucho (+) que cine me parece una forma excelente de mostrar a la gente joven el buen cine europeo y ayudarles a desarrollar una perspectiva crítica, sobre todo teniendo en cuenta que las películas están en versión original. Aunque la historia de Oriente es Oriente está inspirada en mi experiencia personal en una familia multirracial en Manchester, el éxito de la película da a entender que el público ha conseguido identificarse con alguno de los temas y hechos que relata, tales como la integración y la inmigración, la identidad y la inclusión. Sé que estos temas son primordiales para el trabajo del British Council y espero que tengan relevancia en la España de hoy. ¡Disfruten de la película!”

Ayub Khan Din, guionista de Oriente es oriente

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