La escuela de la mirada

La escuela de la mirada

Alfonso Armada

Alfonso Armada (Vigo, 1958), escritor y periodista, estudió periodismo en la Complutense y teatro en la Escuela de Arte Dramático de Madrid. Tras 14 años en El País, desde enero de 1999 es corresponsal de ABC en Nueva York.

Demasiado pronto dejamos de ser niños. Nos acostumbramos al mundo. Dejan de sorprendernos los colores, las palabras, los otros. Los ojos se acostumbran a la realidad y dejamos en realidad de ver: constatamos de manera inconsciente, automática, nuestro entorno: desde ese resplandor nublado en el espejo cuando acabamos de salir del pozo del sueño a lo que constituye cada día nuestro itinerario: la ropa, la cocina, las personas que configuran nuestro primer mapa de relaciones, las calles, los vehículos que nos trasladan entre estaciones, los edificios en los que entramos. Los ojos enfocan y desenfocan sin necesidad de que aparentemente les demos instrucciones. Demasiado pronto dejamos de ser alevines de Picasso o de Joan Miró: domesticamos al animal sensitivo que teníamos en ciernes, a ese cerebro intuitivo que encontraba parecidos insólitos entre las formas, que empleaba los colores sin que intentara copiar de la naturaleza, pero que con frecuencia fabricaba ventanas asombrosas, hasta el punto de que los adultos que nos rodeaban (los que siempre veían ante la boa que se había comido un elefante nada más que un sombrero: véase una vez más “El principito”) se quedaban sin saber qué decir. La imaginación sin cortapisas sacaba del sombrero de copa del cerebro imágenes que respondían a un impulso que los verdaderos artistas -lejos de la infancia, pero nunca completamente- logran después cultivar y reavivar sin que la conciencia actúe como filtro, sino como acicate, como estímulo para “ver más”. Porque la “realidad visible” tiene muchas capas y algunas sólo se aprecian cerrando los ojos, o abriéndolos en el interior del cuarto oscuro: el cine, el verdadero cine, el que no está domesticado por el afán desmesurado por entretener y ganar a toda costa, sabe mucho de esa llave que traza sendas de fósforo en la oscuridad, constelaciones. Quienes todavía se burlan del arte moderno diciendo “mi hijo lo hace mucho mejor” olvidan que a menos que sus hijos sean capaces de mantener alerta la limpieza y el salvajismo de la mirada pronto perderán esa facultad de contemplar el mundo como nadie, con ojos originales, dejando abierta siempre de par en par, o al menos con una rendija luminosa, la escuela de la mirada. O con las palabras: cuando eran un artefacto tan reciente que no estaban cargadas de conciencia y las empleábamos como plastilina. Con ellas se podía moldear cualquier cosa, y lo que salía de nuestra boca o lo que éramos capaces de decir con el lápiz entre los dedos era como un sortilegio: poemas automáticos, poemas que no hemos vuelto a saber cómo hacer.

El cine -como el teatro- es un acontecimiento que sólo ocurre en comunidad. Por supuesto que se pueden ver películas en la televisión o el ordenador doméstico, en vídeo o en dvd, parar la imagen, retroceder, dejarla en suspenso para otro día, o para después de la cena, o mientras buscamos provisiones en la nevera. Pero eso no es el cine. El cine es un acontecimiento que tiene que ver con el tiempo (aunque no tan radicalmente como el teatro: el teatro es irrepetible, sucede únicamente ante los ojos de los espectadores y la relación que se establece entre ellos y los actores acaba afectando a la calidad y el sentido de la obra). La película es una condensación, una historia que se cuenta mediante recursos específicos (montaje, fundido, planos de detalle y generales, contraplanos, elipsis, vueltas atrás) de su arte, y que sólo se consuma cuando transcurre en una sala oscura, en compañía de otros, que nos permite aislarnos en medio de la muchedumbre que contempla lo mismo que nosotros, y siendo conscientes de los otros y de lo que las imágenes provocan en los otros, establecemos una relación íntima con lo que vemos. Lo explicaba muy bien el crítico de cine Ángel Fernández-Santos (acaso mi principal maestro en la escuela de la mirada) en un artículo titulado “Interruptus” que publicó en el diario ‘El País’ hace la friolera de veinte años: “Un filme no es una novela; no es algo que pueda abandonarse para retomarlo al rato: es un continuo temporal introceable, porque su materia es el tiempo mismo, su duración, su secuencia. Si a algo se parece formalmente un filme es a un pieza musical. ¿Sería de recibo que la emisión de un cuarteto de Beethoven se detuviera en un determinado acorde para dejar paso a una lavadora, un bote de comida para perros, y acto seguido seguir su curso en la nota exacta donde el acorde fue interrumpido?”. Tiene algo de sueño, algo de regreso a una cavidad emocional, que suspende el mundo exterior, que nos separa del transcurso del mundo y, cuando la película es valiosa, cosa que ocurre pocas veces (aunque la breve historia del cine es una mina), cuando del barracón de feria asalta la memoria de quien se quiere dejar impregnar por él, nos permite volver a leer la existencia, nos permite situarnos de nuevo en el mundo exterior con una óptica de precisión, con la mirada enriquecida. Del mismo modo que es saludable salir de uno mismo para ponerse en el lugar del otro y que es saludable salir del propio país para verlo desde fuera, para sumergirse en otras vidas y en otras perspectivas, el cine, cuando la mirada que lo sirve busca, es original, se arriesga a abandonar los caminos trillados del que emplea la cámara únicamente para matar el tiempo, nos permite volcarnos de otra manera sobre la realidad, volver a ver. Es una insospechada escuela de la mirada, un enfoque que tiene en cuenta aspectos materiales de la realidad, colores, volúmenes, sombras, entresijos, paisajes, músicas, frases, y al mismo tiempo se adentra en el sueño, en lo irracional, en lo que no acabamos de entender, en lo que nos turba, en mundos inexplicables, o aparentemente inexplicables, en emociones ajenas y cercanas, en trasuntos, episodios de vidas que jamás tendríamos ocasión de examinar, de compartir, de presenciar, de compadecer o de despreciar, vidas que se nos parecen o que son un contraste insoportable con la nuestra, para bien o para mal, otras vidas que la escuela de la mirada que es el cine nos abre de par en par, o sirve de rendija. Y nos permite atrapar el misterio insondable del tiempo que a fin de cuentas es nuestra vida (cada vida irrepetible), como cuando al comienzo de “El sur”, de Víctor Erice, la niña sale en una bicicleta infantil y es invierno y en la secuencia siguiente, cuando vuelve por el mismo camino es toda una mujer, los árboles están en otra estación, la bicicleta ha crecido con ella: el misterio del tiempo en dos secuencias que acaso sólo el cine puede contar de esa manera, con una elipsis tan breve y tan perfecta.

Una escuela que abra los ojos a la oscuridad. No al miedo. Aunque nos haga llorar como si hubiéramos estado de bruces en ella y ya no pudiéramos volver a la Gran Vía: ponerse en el lugar del otro mediante el cine es a fin de cuentas una de las experiencias menos costosas, tanto económica como anímicamente. Pero vale la pena. Recuerdo la primera vez que vi, precisamente, “Ven y mira”, la tremenda película de Elem Klimov sobre la invasión nazi de la Unión Soviética. La cámara estaba en los ojos de los niños protagonistas, y lo que el cineasta ruso trataba de hacer ver al espectador era como si hubiera instalado la cámara en su cerebro, tras su mirada adolescente. El horror era difícil de soportar. Y cuando salí a la Gran Vía aquella noche no podía dejar de llorar. Pero no lo recuerdo como una experiencia dolorosa, aunque me dejara mal sabor de boca. Lo recuerdo como un instante impagable. A menudo confundimos la felicidad con el placer, con un estado de nirvana. Creo en otro tipo de felicidad, que tiene que ver con la conciencia, y creo que el cine atesora esa capacidad para avivarla como si fuera una hoguera. Le cedo otra vez los trastos a Ángel Fernández-Santos, quien demasiado pronto -el año pasado- se fue al otro barrio, a la oscuridad perpetua, donde no hay haces de luz, no hay películas: “El recién nacido artilugio del cine ofreció a la literatura popular lo que las artes de elite le negaron siempre: la posibilidad de representar musicalmente, mediante un juego de signos combinados no sobre un papel o sobre un lienzo, sino sobre un tiempo, las desdichas humanas y extraer, por tanto, armonía del padecimiento. Y así fue como, en su principio, el cine fue llanto”. Arte democrático por antonomasia, lenguaje capaz de hacernos comprender mediante movimientos de cámara, mediante música e imagen, la realidad que a veces no acertamos a descifrar. A pesar de tantas películas en las que el comercio devora todo el arte, que se olvida a medida que se ve, que nos cierra los ojos y anestesia la conciencia, creo que el cine está en su infancia, y que en su escuela nuestros ojos vuelven a ser niños. Su maravilloso cuarto oscuro representa la suspensión de todos los castigos, una trampilla al corazón del faro.

Alfonso Armada Nueva York, mayo, 2005

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