La frontera que viene

La frontera que viene

Alfonso Armada

1.      La pensadora francesa Simone Weil (París, 1909-Ashford, 1943) hizo del “ponerse en el lugar del otro” uno de los principales argumentos de su filosofía y de su vida, experimentando en su propia piel las penurias de los menos favorecidos por la fortuna. En su poema La puerta encontramos rastros reveladores de su visión del mundo, pero acaso también nos sirva para ponernos en el lugar de los que llaman a las puertas de nuestro país creyendo que son las puertas del cielo, o simplemente sabiendo que son las puertas de una esperanza que no existe en los lugares de donde vienen. Escribe Simone Weil:

“Abridnos pues la puerta y veremos los vergeles,
Beberemos su agua fría allí donde la luna ha dejado su trazo.
La larga ruta quema enemiga a los extranjeros.
Vagamos sin saber y no hallamos el lugar.

Queremos ver las flores. Aquí la sed pende sobre nosotros.
A la espera y sufriendo, henos aquí delante de la puerta.
Si es preciso romperemos esa puerta con nuestros golpes.
Golpeamos y empujamos, pero la barrera es demasiado fuerte…”.

2.      Tenemos títulos de propiedad y pasaportes, que enarbolamos para justificar el levantamiento de barreras, exigir visados, prohibir el paso. Pero, como escribe Tamar Herzog en un artículo titulado ‘De muros y fronteras’, publicado el 30 de septiembre de 2006 en ABCD las artes y las letras, “primar los derechos de unos ocupantes, ahora llamados “nacionales”, contra otros requeriría (…) congelar los derechos en el tiempo. Obligaba a privilegiar una época sobre otra y a argumentar que quienes se habían asentado en un territorio eran los que tenían derecho a él, negando los derechos de quienes lo habían hecho antes o después”. Cuando hablamos de patrias, de derechos territoriales, no debemos olvidar que por ejemplo “Italia no logró unificar el país bajo una sola bandera nacional hasta 1870, después de acabar con el dominio de los Borbones y de los Austrias. Una nación europea muy joven estaba luchando por lograr las aspiraciones surgidas durante el agitado Risorgimento”, y que también muchos habitantes del país, como España, se vieron obligados a buscarse la vida lejos de su tierra: “Italia tenía uno de los índices de natalidad más altos de Europa. Las cifras de emigración revelan la astucia con que Roma resolvió el problema de alimentar a todas esas voraces bocas nuevas. Entre 1887 y 1891, por tomar un ejemplo que abarque cinco años, 717.000 italianos se marcharon para empezar una nueva vida en el extranjero, dirigiéndose en su mayoría hacia Australia y las Américas. Dicha cifra habría de triplicarse a principios del siglo XX. Italia, como pensaba un número creciente políticos, necesitaba una colonia extranjera para absorber a todos aquellos sedientos de tierras. En el peor de los casos, un territorio en el Cuerno de África podría servir de colonia penal, aliviando la presión de las prisiones de Italia. En el mejor de los casos, ofrecería a los campesinos italianos una alternativa a los fértiles territorios que buscaban entonces al otro lado del Atlántico”. Quien lo escribe es la periodista británica Michela Wrong en su libro No lo hice por ti. Cómo el mundo traicionó a una pequeña nación africana. Se refiere a Eritrea.

3.      Cuando nos vemos a nosotros mismos, cuando pensamos en lo que nuestro Gobierno hace para mejorar las condiciones de vida de los africanos, o lo que cada uno de nosotros, dentro de sus posibilidades, hace para mejorar el estado de las cosas, podríamos por lo menos hacer el esfuerzo de informarnos para no cometer imperdonables errores de apreciación. Por eso conviene prestar atención a lo que escribió Gonzalo Fanjul, coordinador de investigaciones de Intermón Oxfam, en un artículo publicado en El País el 6 de enero de 2007 titulado ‘El efecto huida’: “Mientras la cooperación oficial ha situado a África entre sus prioridades, incrementando los recursos y los esfuerzos para reducir la pobreza de este continente, otras políticas gubernamentales trabajan exactamente en el sentido contrario. España se opone, por ejemplo, a una reforma de la política agraria europea que beneficiaría a África enormemente. Un incremento de tan sólo un 1 por ciento en la cuota mundial de exportaciones que disfruta este continente se traduciría en un aumento de más del 20 por ciento en la renta media per cápita de los africanos, equivalente a 50.000 millones de euros anuales. (…) El comercio no es el único ámbito en el que los intereses nacionales van por delante de las buenas intenciones. España es el principal exportador mundial de municiones para armas ligeras a África subsahariana, por delante de grandes fabricantes como el Reino Unido”.

4.      Desde que empezamos a colonizar la tierra, a cultivarla, a ampliar nuestro peculio, empezamos a tener “algo que perder”, los muros se convirtieron en parte de nuestra forma de organizar el espacio: para protegernos de alimañas y enemigos, de quienes pretendían apoderarse de lo que con tanto trabajo nos había costado obtener. En una viñeta publicada por El Roto en El País del 14 de octubre de 2006 se ve a dos obreros terminando de instalar una valla coronada de alambre de espino, también llamado por lo visto alambre de concertina, y uno le dice al otro: “Antes de terminar la valla quizá deberíamos averiguar de qué lado estamos”. Pero la eficacia de los muros ha dejado históricamente mucho que desear: el más grande de todos, la Muralla China, no sirvió para impedir la invasión mongola. La línea Maginot, no impidió la invasión de Francia por los nazis. El último muro famoso, el de Berlín, acabó demostrando su obsolescencia. Pero seguimos construyendo muros para tratar de encauzar las aguas del mar, para tratar de vencer al miedo, olvidando que el miedo queda dentro, y que al cerrar la puerta al mundo exterior también nos quedamos encerrados dentro. Respecto al proyecto de muro que debería reforzar los más de 3.000 kilómetros de linde fronteriza entre México y Estados Unidos, el escritor peruano Mario Vargas Llosa publicó el 22 de octubre de 2006 en El País un brillante artículo titulado ‘Un muro de mentiras’, en el que dice: “Si el muro en cuestión consiguiera sobrevivir al piélago de obstrucciones judiciales que lo espera, y que, en todo caso, paralizarán su construcción por muchos años, no servirá para atajar en lo más mínimo la entrada de inmigrantes sin papeles en Estados Unidos. Hay incontables maneras de demostrar algo que está allí, a la vista de cualquiera que tenga dos dedos de frente y no esté cegado por los prejuicios, esa ficción maligna según la cual los inmigrantes traen más perjuicios que beneficios al país huésped. Esta mañana la prensa de aquí en Washington señala que, según un informe oficial, los inmigrantes “hispánicos” enviaron el último año a sus familias en América Latina la astronómica suma de 45.000 millones de dólares, un 60 por ciento más que hace dos años, cuando se hizo la última investigación. De esta cifra, los prejuiciosos deducen que los inmigrantes están causando una hemorragia terrible del patrimonio norteamericano. Pero la verdadera lectura de esa cifra debe ser, más bien, de admiración y entusiasmo pues ella quiere decir que los inmigrantes de origen latinoamericano han producido en el último año, para Estados Unidos, una riqueza cuatro o cinco veces mayor, que se ha quedado aquí y servido para incrementar la renta nacional”.

5.      Hay estadísticas muy divertidas. Aunque también es cierto que un buen mago de las matemáticas puede hacer que las cifras digan lo contrario de lo que dicen. Un titular del diario El País del 30 de septiembre de 2006, rezaba: “España tendrá la población más envejecida de la Unión Europea en 2050”, y con este subtítulo: “Los Veinticinco necesitarán 50 millones de trabajadores para mantener el crecimiento”. Para esa fecha, el 36 por ciento de la población española tendrá más de 65 años. Y otro titular del mismo periódico, del 6 de octubre del año pasado, relacionado: “España necesitará al menos cuatro millones de inmigrantes hasta 2020. Las demandas de trabajo no se podrán cubrir sin extranjeros”. Y otro, también relacionado, esta vez de ABC, del 11 de noviembre de 2006: “La emigración explica la mitad del crecimiento de los últimos cinco años. Un informe de La Moncloa concluye que los inmigrantes, además de favorecer la actividad económica y el empleo, aportan a las arcas públicas más de lo que reciben”.

6.      El cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu, que ha cruzado la frontera para instalarse en Los Ángeles, declaró el 22 de septiembre de 2006 en una entrevista concedida al diario El País con motivo del estreno de su película Babel, que habla de fronteras y de la dificultad de entenderse, de comunicarse, entre conocidos y desconocidos, entre quienes se quieren y entre quienes no saben nada el uno del otro: “La emigración es algo natural y por eso todos esos movimientos que estamos viviendo ahora en muchos lugares en el mundo no se van a poder parar nunca. (…) Las fronteras se están convirtiendo en un ritual de humillaciones”. En el mismo periódico, el mismo día, Ángel Sánchez Hargindey, habla de la película Ghosts, del británico Nick Broomfield: “La protagonista del filme, Ai Qin Lin, también protagonista y superviviente del drama de los ilegales, reconstruye ese inmenso y terrible via crucis laico en el que los camiones sustituyen a los cayucos, pero en el que las mafias, los meses de trayecto, las deudas que asumen ellos y sus familias para llegar a lo que consideran un lugar al sol hasta comprender que son el último escalón de la estructura laboral de los países desarrollados, en el límite de la esclavitud, son lo mismo”. En otra pieza, habla Broomfield: “Espero que la película sirva para agitar el debate sobre la inmigración. Hay gente que desconoce lo que está ocurriendo a un kilómetro de su casa. También aspiro a que sea un reconocimiento de la codependencia; tenemos a tres millones de inmigrantes [en el Reino Unido]. Hablar de inmigración es hablar en términos de globalización, Banco Mundial y grandes multinacionales. Por eso no hay una solución fácil. Lo primero sería suprimir la palabra ilegal pegada a la de inmigrante. Y luego, el consumidor, que es el último eslabón de la cadena que comienza con la mano de obra barata, debería sentirse implicado. Pero hasta que no haya una legislación no hay nada que hacer”.

7.      Fue uno los últimos artículos que escribió el autor de libros deslumbrantes, como El emperador, o Un día más con vida, o Los cínicos no sirven para este oficio, o Ébano. Ryszard Kapuscinski, un maestro de periodistas, hizo (como Simone Weil) del ponerse en el lugar del otro uno de los mejores instrumentos de un oficio degradado. En ‘Al encuentro del Otro’, publicado en enero de 2006 en la edición española de Le Monde diplomatique, decía: “Los mitos y las leyendas de muchos pueblos y tribus rezuman la convicción de que sólo nosotros –los miembros de nuestro clan, de nuestra comunidad- somos seres humanos; todos los demás son infrahombres, como mucho, o cualquier cosa menos personas. Lo que mejor expresaba esta actitud era una doctrina de la China antigua: el no chino era considerado como excremento del diablo o, en el mejor de los casos, como pobre desgraciado que ha tenido la mala suerte de no haber nacido chino. En consecuencia, ese Otro era representado como perro, rata o reptil. El apartheid fue y sigue siendo una doctrina de odio, desprecio y repugnancia hacia el Otro, el extraño. ¡Cuán diferente aparece la imagen del Otro en la época de creencias antropomórficas, cuando los dioses podían adoptar el aspecto humano y comportarse como personas! Pues en aquellos tiempos, nunca se sabía si era dios u hombre el viajero o el peregrino que se acercaba. Esta inseguridad, esta intrigante ambivalencia, constituye una de las fuentes de la cultura de la hospitalidad, que exige un trato magnánimo al visitante, un visitante cuya naturaleza no acaba de ser reconocible”. Precisamente porque no sabemos si algún día ese huésped al que generosamente alojamos, con quien compartimos nuestro pan y nuestra cerveza, a quien tratamos como nos gustaría que nos trataran a nosotros, será algún día rey, dios, o sencillamente el prójimo que nos podrá salvar de un súbito vaivén de la fortuna. Porque estamos en un solo mundo. Porque acaso deberíamos aprender que lo que tan celosamente acumulamos no hace sino aumentar nuestro miedo, y desnudos nos vamos a ir de aquí. Como vinimos.

Alfonso Armada
Madrid, febrero, 2007

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