La mujer en el medio rural

La mujer en el medio rural

Las mujeres que vivimos y trabamos en el rural, estamos muchas veces sumidas en una aparente contradicción: el día se nos hace muy largo, y sin embargo el tiempo se nos queda corto.

Si hacemos un repaso, como se hace ahora para ir desde lo global a lo local, el recorrido podría ser, más o menos el siguiente: en el mundo hay más de 500 millones de mujeres rurales que son pobres, viven con menos de 1 euro al día. A pesar de esto son ellas las que forman la columna vertebral de sus comunidades y de la mano de obra agrícola en los países en desarrollo, llegando a producir cerca del 80% de los alimentos que se consumen en su entorno. Sin embargo solamente son propietarias o co-propietarias del 2% de la tierra agrícola.

En la moderna Europa, el 82% de las mujeres que viven en el medio rural “trabajan” en las explotaciones familiares agrarias, aquellas que son de menor dimensión, con menor nivel de mecanización y que a mayores de producir alimentos de calidad, contribuyen a la fijación de la población, al mantenimiento del medio ambiente y a la diversificación de la economía de los pueblos y aldeas.

No obstante, solo 6 de cada diez mujeres (el 59%) está inscrita y por lo tanto cotiza a algún sistema de protección social, siendo titulares o cotitulares del 21% de las explotaciones.

Nuestro país, si lo observamos atendiendo al tamaño de sus municipios llegaremos a la conclusión de que vivimos en un país eminentemente rural: el 91,23% de los municipios tiene menos de 10.000 habitantes. En este entorno vivimos más de 5 millones de mujeres y representamos casi la mitad de la población, concretamente el 49,21%.

En mi Galicia, el 87% del territorio es considerado rural, de esto solamente escapan las siete grandes ciudades: Vigo, Coruña, Ferrol, Santiago, Ourense, Lugo y Pontevedra; aunque en el entorno más inmediato de las cinco últimas se confunde lo urbano con lo rural, pasando de un medio a otro sin prácticamente advertirlo. Además tenemos más de la mita de los pueblos de España, concretamente existen en Galicia más de 32.000 núcleos de población.

En toda esta gran superficie territorial, vive apenas una cuarta parte de la población, dividida casi a partes iguales entre hombres y mujeres, que sufren -de igual manera que en otras zonas rurales del mundo- el despoblamiento, el envejecimiento de la población, la falta de servicios y una cada vez más evidente masculinización del escaso mercado de trabajo existente.

Y es aquí donde la realidad del tiempo, choca frontalmente con las estadísticas que se usan para dibujar nuestro papel en las aldeas.

En Galicia, siete de cada diez mujeres que dedican más de 30 horas a la semana a trabajar en la explotación familiar no están cotizando a la seguridad social, y todas son “invisibles para la actividad económica formal”, y sin embargo cada una de ellas es indispensable para la economía familiar y del entorno en el que vive.

Porque el trabajo en la explotación, al que dedicamos algo más de 4 horas al día, no solamente consiste en sembrar y recolectar o en cuidar los animales; hoy en día la gestión de las explotaciones requiere de un tiempo adicional, que hemos buscado e incorporado mayoritariamente a la agenda de las mujeres; y porque el trabajo de todo aquello que se considera producción complementaria para la subsistencia de la familia, como por ejemplo la huerta, la manufactura de productos agroalimentarios, la producción de artesanía… es un trabajo de mujeres.

Porque en cada aldea de Galicia si existe una necesidad de cuidar a los dependientes, mayores o menores, en el entorno de la familia esa obligación recae en las mujeres, que somos más del 90% de los/las cuidadores informales y que por término medio dedicados aproximadamente unas siete horas al día a las tareas relacionadas con el cuidado de mayores y la crianza de los hijos.

Porque las tareas domésticas, desgraciadamente siguen siendo casi labor exclusiva de las mujeres, y nos ocupan unas dos horas y media al día.

Y para cubrir las mas variadas necesidades ordinarias o adicionales: comprar cualquier cosa, ir al médico, a la farmacia, al colegio de los niños, a la cooperativa, hacer un trámite administrativo … acabamos sacrificando también nuestro tiempo en desplazamientos e idas y venidas.

Entonces… echemos cuentas: si trabajamos cuatro horas y media en la explotación, dedicamos siete horas a cuidar a la gente de nuestro entorno, unas dos horas y media a la casa … resulta que dedicamos 14 horas al día a TRABAJAR. Si de media dormimos 7 horas… nos quedan 3 horas al día “libres”; ¡bueno! eso siempre que no haya que hacer ningún recado, que si no, ya lo tenemos que descontar de ese tiempo.

Dónde está entonces el tiempo de descanso, de ocio, dónde las posibilidades y las herramientas para la conciliación: Dónde están las 40 horas de jornada semanal. Dónde los fines de semana libres, las vacaciones y los puentes.

En cualquier empresa, si se tuviese a una persona trabajando más de 70 horas de lunes a viernes, sería considerado como explotación laboral, y si a esto le sumas trabajar también el fin de semana, no me cabe duda de que sería objeto de la atención de toda la prensa y la denuncia de toda la sociedad.

Todo esto me hace pensar que posiblemente las estadísticas digan que las mujeres del rural “no tenemos empleo formal”, pero lo que si tengo claro es que trabajamos y trabajamos mucho, y que hoy por hoy cuando menos en Galicia somos un pilar imprescindible de la estructura social de medio rural y además constituimos la mayor red de servicios sociales y comunitarios que existe.

Por eso auque a veces el día se nos hace muy largo, como a tantas y tantas mujeres que siguen soportando el trabajo propio, el ajeno y el comunitario… el tiempo se nos hace escaso sobre todo para vivir y disfrutar de la vida.

Así que, en el mundo, en la moderna Europa, en España y en mi Galicia rural queremos hacernos visibles, para el conjunto de la sociedad y para las estadísticas. 

Rosa Arcos Caamaño
Presidenta de FADEMUR – Galicia

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