¿Quien soy para ti?

 

¿Quien soy para ti?

Guillermo Kozaméh

Lolita Cassard (Marilou Berry) es una joven que no responde a los cánones de belleza actuales, tiene sobrepeso y una cara que se aleja de la mujer hermosa y cautivadora.

Sufre por ello, y además padece los efectos de ser excluida en algunos ámbitos por su “imagen”.

Pero además de sus kilos de más, porta una imagen agobiante que la acompaña socialmente. Es la hija de un escritor: Étienne Cassard (Jean Pierre Bacri) editor famoso quien tiene, por el lugar que ocupa en el medio, una serie de contactos profesionales que aseguran posibilidades de éxito y dinero.

Estamos ante una comedia aparentemente “liviana” y de “final feliz”, sin embargo como describe el título del film es solo la imagen, o una apariencia, que esconde y a la vez revela lo esencial de cada ser humano.

En psicoanálisis especialmente para Jaques Lacan, la constitución del Yo no es algo dado o heredado desde lo congénito, sino una experiencia de construcción a partir de lo social.

El semejante, funciona como un espejo en los primeros años de vida y el niño al verse “reflejado” en los demás cree que es portador de una unidad y completud casi perfecta.

Este aspecto que J. Lacan llama “fase del espejo”, es lo que Freud denominó: “Yo ideal”.

Tiempo de la constitución de un narcisismo primordial y necesario para el infante. Esto será un germen de su seguridad, auto confianza y capacidad de recibir y dar amor.

Retomando el personaje de Lolita, podemos deducir por esbozos de su historia que su madre está para ella, en un lugar lejano (en la realidad, y simbólicamente), ya que sus padres se separaron cuando era muy pequeña (tres años), y parecería que ha quedado al cuidado de un padre muy particular.

Este padre famoso y reconocido es alguien descrito con un exagerado narcisismo, solo ve, piensa y actúa en función de sus propios deseos, sin interlocutores, excepto el mismo.

Es difícil que un padre demasiado centrado en su imagen narcisita pueda mirar a su hija como una niña digna de ser amada y deseada.

Quizás, pero es solo una fantasía del que escribe, la desvalorización mutua en su anterior matrimonio, no le permitió diferenciar a Lolita de su madre, y que su hija es alguien con vida y valores propios.
Curiosamente uno de los aspectos más valiosos de su hija, es la voz, su amor por la música y su temor/ deseo de hacerlo públicamente.

Esto es lo que llamamos en psicoanálisis: pulsión invocante, parte de la voz y es una llamada al otro. Así son los gritos de los niños, (su hermanita pequeña), o ella misma cuando llora por un motivo trivial, que esconde en realidad una solicitud de amor.

Sin duda el eje de esta hermosa película es la relación padre/hija, sus celos y demanda continua de reconocimiento y reconciliación.

Pero la habilidad de la directora es hacer circular una serie de personajes que buscan de una manera más velada que Lolita, un lugar en esta sociedad de ruidos, maltratos, abandonos por el mejor postor y ficciones superficiales.
Un lugar que no depende solo de las características propias, sino una identidad que como tal proviene en su origen del semejante.

De esta manera, un escritor no será exitoso, hasta que lo presente otro escritor cuyos méritos han sido ya probados y certificados.

Una mujer joven y bella, la nueva esposa del padre de Lolita, se mantiene preocupada por su imagen ya que es justamente por ella que le devuelve imaginariamente la juventud perdida a su marido.

La profesora de canto, es mirada por un joven en una fiesta quien le ratifica su lugar de mujer deseada y valorizada.
Aunque esta, parecería por la distancia reflexiva que toma, es la que puede mirar más allá de las fascinaciones momentáneas.

Relacionado con este tema, en psicoanálisis diferenciamos: a) la visión, que es solo la función óptica y su respuesta, y b) la mirada, que es el contenido subjetivo desde el cual miramos y hacemos un recorte “interesado” de la realidad.
Aquello que se nos escapa, ya que afortunadamente no somos lentes ópticas y tampoco un Dios que Todo lo ve, lo llamamos: puntos ciegos o “escotomas”. Y obviamente nos interesa trabajar sobre ellos, porque inconscientemente no deseamos ver estos aspectos de lo que nos rodea.

Desde la mirada del otro es imposible saber con certeza: quien soy para el que me mira: ¿qué quiere de mi?
Suponemos, intuimos, pensamos, de acuerdo a nuestra experiencia y razonamiento, pero es imposible mirarnos plenamente desde el otro.

Quizás por ello, son tan frecuentes e imposibles de evitar los malentendidos y las imperfecciones de un encuentro humano, que por definición siempre tiene algo de “des-encuentro”.

En este aspecto son importantes las escenas que Lolita se queja de las caricias tiernas de su padre: “mi grandullona”, o rápidamente deduce que si un chico se le acerca es por la importancia de sus padre y no por ella misma. Ahora bien: ¿existe el o ella misma?

Sabemos que somos un eslabón articulado a una serie de roles y vínculos sociales, que protegemos intensamente nuestra intimidad, y que como Lolita con su kilos-extras nos protegemos del intruso.

Podríamos pensar si a Lolita le pasa algo parecido con su padre, ya que le cuesta mirarlo con su debilidad, soledad y miedo. Es decir un padre carente del brillo social que tantos beneficios puede dar.

Una mirada que le permita “des-idealizarlo” y reconocer a otro hombre: Sèbastien (Keine Bouhiza) que tiene a su lado, quien no sigue los mismos caminos de su padre.

Este joven que ha preferido cambiar su nombre para ocultar parte de su identidad, mirando a Lolita y a su padre, comprende que las máscaras son útiles pero protegen transitoriamente.

Silvia (Agnès Jaoui) la profesora de canto, tiene un personaje con una delicada tarea: representar en alguna medida una madre que escucha los llantos de su hija; le brinda a Lolita, sin saberlo, una imagen posible para su feminidad y su cuerpo.

Además, frena el egoísmo de un padre, a quien hay que ponerle la música muy fuerte, para que se de cuenta que existen otras voces además de la suya propia.

Guillermo Kozaméh Bianco
Psicoanalista

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