Vete y vive. Un pasaporte al conocimiento y la emoción

Entramos al cine para salvarnos. Al menos yo lo hago así. Lo sigo haciendo ahora que también el cine parece condenado por la época, por la consumación de las artes que nos indicaban, como gps estéticos y éticos, nuestra posición en el espacio y el tiempo. En la sala oscura reanudaba mi conversación con mi madre, en la sala oscura recuperaba mi contacto directo con mi parte irracional, la que solo suele aflorar cuando entro en la cama de la muerte para dormir con la esperanza de que ese sueño me abra una trampilla a los desconocido. En la sala oscura del cine, en compañía de otros sonámbulos, sigo buscando una comunión como la que hace tiempo perdí en los templos. En la sala de cine trato de recuperar esa emoción que muy de tarde en tarde encienden autores como este Radu Mihaileanu del que no tenía la menor noticia y que me llevó de la mano a lo desconocido y me hizo saber algo de mí y de mi mundo de lo que apenas nada sabía. En el cinematógrafo emprendo un viaje. Y el de Vete y vive vale la pena.

Cuando la luz empieza a desintegrarse, al atardecer, no sabemos si volverá otra vez a amanecer. Confiamos en que así sea, en que tengamos otra oportunidad, de seguir viviendo, de redimirnos, de hacer algo mejor de la parcela en que hemos tenido la suerte o la desgracia de nacer. Nosotros podemos sentirnos afortunados. Como el director francés de origen rumano Radu Mihaileanu, autor de una película que no debería pasar inadvertida, una joya que no sólo nos descubre la increíble historia de los falashas etíopes (judíos negros, míticos descendientes de la unión de la reina de Saba y del rey Salomón, y que siguen los preceptos de la Torá tradicional), rescatados por Israel de un campo de refugiados en Sudán para darles una vida nueva en Tierra Santa. Al igual que la última premio Nobel, Herta Müller, Mihaileanu abandonó Rumanía huyendo de la depravada dictadura de Ceausescu, que sacaba lo peor de cada uno, fomentaba la delación, la mediocridad, la miseria moral, el crimen de Estado, la corrupción generalizada, el culto al líder, la herrumbre intelectual… Al igual que Franz Kafka –que adoraba el teatro yidish de Praga, de cuyos intérpretes era gran amigo-, Mihaileanu no sólo frecuentaba el teatro yidish, sino que fue autor, director de escena y actor y formó parte del Teatro Yiddish de Bucarest antes de abandonar el sombrío París del este aplastado por la ridícula y atroz dictadura de Ceausescu y buscó la luz en el verdadero París, el París de Francia.

Alguien que sabe hace preguntas, y que por lo tanto sabe escuchar, le preguntó a Radu Mihaileanu por la figura del llamado “buen impostor” que al parecer nunca deja de tener un papel en todas sus películas, aunque yo sólo lo haya visto en el protagonista de Vete y vive (toda una declaración de intenciones desde su mismo título, que me recuerda a otra formidable cinta, Ven y mira, del cineasta ruso Elem Klimov, que consigue meter la cámara en la cabeza de un niño que sufre la invasión nazi de la Unión Soviética y lo que vemos lo vemos a través de sus ojos y de su cerebro y es difícilmente soportable. Una de las películas más duras y hermosas que he visto). Vete y vive representa con tres actores distintos tres etapas de la vida: niño, adolescente y joven, desde que el muchacho es transportado de un campo de refugiados sudaneses en plena nada a las contradicciones, disfunciones y oportunidades de un país para mí tan fascinante,  desconocido y desconcertante como Israel. En esa entrevista, Radu Mihaileanu explica por qué la cuestión del buen impostor, o del impostor bienintencionado, no le resulta en absoluto ajena: “Me cuesta explicarlo. Puede que se deba al hecho de que mi padre se apellidaba Buchman y tuvo que cambiar de apellido durante la Segunda Guerra Mundial para sobrevivir. Se convirtió en Mihaileanu para pasar inadvertido durante el régimen nazi y luego, el estalinismo. Creó un conflicto en mi interior. También me dolió que me consideraran como un extranjero, tanto en Rumanía como en Francia. Quizá por eso mis personajes lo pasan muy mal al principio y dicen ser lo que no son, intentando liberarse de sí mismos y lanzar un puente hacia los demás”.

Durante toda la película nos atenaza la duda de si el protagonista, que nos sirve de hilo conductor, de toma de tierra de la Operación Moisés (de la repatriación de los judíos etíopes a Israel en 1984 y 1985) es o no es unverdadero judío. Y ese me parece precisamente uno de los aspectos más interesantes y modernos (todavía revolucionario): de la voluntad de ser, de querer ser otro, aunque para ello haya de mentir o de mentirse. Una condición que los nazis impusieron a muchos judíos, que no tenían conciencia de serlo hasta que les obligaron a bordar la cruz amarilla en el pecho. En este caso, ser judío era un requisito para sobrevivir, para ser elegido, para ser llevado a disfrutar de una vida lejos del campo de refugiados y el porvenir cerrado. Es un desgarro que atraviesa todo el filme. ¿Cómo no identificarse con ese Schlomo que quiere vivir y al mismo tiempo no deja de sufrir por su inadecuación a la sociedad que le acoge y de añorar a su madre y la vida que –aunque dura- era la suya? Siempre me intrigó en África la capacidad innata para la sonrisa, en medio del sufrimiento, como en un campo de refugiados sudaneses junto a Goz Beïda (Duna clara), al este de Chad: expulsados a sangre y fuego de sus tierras, instalados en otro país durante años, en lugares donde han echado raíces las plantas, las chozas y las existencias, y donde pese a todas las penurias te reciben con una sonrisa que te desarma y comparten contigo lo poquísimo que tienen. Te obliga a interrogarte sobre el significado de la felicidad, sobre el sentido de la existencia, de la vida que llevamos aquí, y que en gran medida es la que es gracias a tantas desigualdades, es decir, a costa de los que no vemos ni queremos ver, y por supuesto que no llamen a nuestra puerta. Nosotros, que somos hijos de tantas migraciones. Es el drama de tantos inmigrantes. Vete y vive es una de esas películas que te ayuda a experimentar el imperativo moral en el que Simone Weil fundó toda su vida: ponerse literalmente en el lugar del otro.

Esta es una película de aprendizaje, a la que asistimos boquiabiertos. Porque no sólo nos lleva de la mano dentro de una historia insospechada, de la que poco o nada sabíamos, y al interior de una sociedad como la israelí tan maltratada por los prejuicios, los tópicos y en no pocas ocasiones la ceguera de muchos de sus dirigentes que han hecho del miedo y la crueldad una bandera bicolor, tan maniquea como su visión del mundo.Vete y vive es una lección moral, un filme plagado de contrastes, que respeta a sus personajes porque no los ablanda para hacérnoslos más amables, sino que los hace más complejos y contradictorios para hacérnoslos más verosímiles, más creíbles. Porque el mundo no es un lugar amable, y mucho menos para quienes han tenido mala suerte en la ruleta de la vida, y han nacido por ejemplo en el Darfur sudanés o en un campo de refugiados en Chad. La madre de Schlomo le obliga a elegir una vida que sabe que será mejor, porque tendrá más oportunidades, pero el desgarro es compartido, de ambos y de quienes sean capaces de seguir con empatía las vicisitudes de una historia tan conmovedora como útil. El conocimiento que atiza la memoria, que riega el jardín de la inteligencia. Un pasaporte al dolor y a la verdad que acaba siendo extrañamente gozoso.Vete y vive es una película para atesorar en la memoria y en los anaqueles.

Alfonso Armada
Madrid, octubre, 2009
Foto: R. Grovas

Print Friendly
Be Sociable, Share!